Jaime Fernández
La adoración en el mundo cristiano de hoy se ha desvirtuado, divida entre las experiencias puramente emocionales y la fría liturgia. Casi postergada en exclusiva a la música y la alabanza, en muchas ocasiones se ha acabado convirtiendo en un mero trámite, a veces un motivo de disputas, un pálido reflejo de una iglesia sin calor, sin vida, centrada en el hombre y no en Dios.